viernes 20 de noviembre de 2009

El problema de la posmodernidad amorosa...

John & Jill... Or is it John & Jack... Or Jill & Joan... Or, why not, John, Jill, and Jack? Better yet, here goes: Somebody and somebody... Ok. Yeah. Not. Nevermind.

Sittin' in a tree... Wait, are there any left? Almost out? Ok, fine: sittin' in a metal bench? In their car? In their futton (how very hip of them)? Ok, scenery not that important, check.

K-i-s-s-i-n-g... Really? That's it? What about the whole virginity is over-rated, not to say a control imposed upon women to guarantee their submission? What about the whole sexual revolution? They just kiss? Let's R-Rate the song: F-U-C-K-I-N-G.

First comes love... Actually, no. First came sex. And, that totally doesn't guarantee love. Have you ever heard of fuck buddies? Commitment phobics? Irreconcilable differences? They kiss, ahem, fuck, then maybe -just maybe- love comes. Ok, fine, for conceptual reasons, let's assume that it did.

Then comes... Marriage? Really? Is that the next step? I mean, what about moving in together? (First, with other people in the mix?) And, what about other forms of relationships that are also -now- legally recognized (we owe that to the LGTTB community and their fight for Civil Unions)? Or, better yet, what about just living in eternal sin? Or, what about, you know, each others personal plans? I mean, are we just supposed to settle down cause we fell in love? What about graduate programs, traveling, jobs in exotic countries, taking over the universe, and all those wonderful individual ambitions that we must now fulfill to be plentiful human beings? Fine. Let's also assume that marriage comes right after love.

Then comes Jill/John/Jack/Joan with a baby carriage... So, I fall in love. I recognize, publicly, that love. And then I must reproduce? Thank God that underlying in all of this is the belief that we are rational beings. God forbid we might make the mistake of thinking we are no more than animals trying to, well, you know... Oh, wait, we are. Ok, fine. Just two questions: first of all, why should I care for the species? Second of all, isn't it a little stupid in this 6 billion people world to demand reproduction? I mean, I know philosophers don't like admitting it, but, c'mon, homosexuality -for instance- is a luxury of an overpopulated world... Seriously, is it even necessary to link love, marriage, and reproduction anymore? Let's forget the functional and analyze the normative: isn't everything else aimed at separating them anyway? Technology, for instance. Or, you know, liberal democracy. Or capitalism, for that matter. Can we expect a cohesive unit in a shattered world? Can we expect a pair in a universe of ones? Huh? Can we?

...

...

...

Damn. All I wanted to do was congratulate some friends for their utterly cute love (whatever that is)...

lunes 2 de noviembre de 2009

Preguntas sobre asuntos cotidianos...

El amor es una apuesta, insensata, por la libertad del otro.
Octavio Paz


¿Se habrá equivocado el poeta mexicano?
¿Quizá el amor sea una apuesta, insensata, por el otro?
O, más aún, olvidemos al otro: ¿soy una apuesta insensata?
O, compliquémoslo: ¿somos una apuesta insensata?


Retrocedamos: ¿a qué se refería con la libertad del otro (mía, nuestra)?
¿Qué implica la libertad? Una elección. Pero, más allá: un movimiento.
El amor es una apuesta, insensata, por la estabilidad del otro.
Por la propia, por la nuestra: por un terreno común.


Pregunta: ¿cómo saber que ese terreno común alguna vez existió?
¿Que, en efecto, se trató de amor y no de algo más (¿qué?)?
La frase original refiere al continuo, mas no al origen.
¿De qué depende el amor? ¿Cómo reconocerlo?


Otra pregunta: ¿por qué deja de existir ese terreno común?
Por la inestabilidad del otro. Mía. Nuestra. Por la libertad.
Se trata de una elección. Es cuestión de voluntariedad.
El sí y el no, de ayer y hoy, son lo que lo determinan.


Concatenación de contingencias. Estupideces. Pequeñeces.
Que, sin embargo, forman un continuo. Un mundo.
Un universo. Un terreno común o un abismo.
De repente (¿de repente?): aquí estamos.


Una vez más, existe la elección. ¿Lo es?
Lo es. El destino debe elegirse.
Debemos elegirnos.
Tú y yo. Nosotros.

[La pregunta permanece: si no es así, ¿a qué se debe?
¿A ti, a mi, a nosotros?]

[Ironía: que todo se deba a la premisa,
y una se preocupe por su conclusión.]

Smells like content

El arenero ha encontrado su theme song:


Para los sordos, como yo, aquí va la letra:

most of all the world is a place
where parts of wholes are described
whithin an overarching paradigm of clarity
and accuracy
the context of which makes possible
an underlying sense of the way it all fits together
despite our collective tendancy not to concieve of it as such

but then again
the world without end
is a place where souls are combined
but with an overbearing feeling of disparity,
disorderliness
to ingnore is impossible
without getting oneslef
into all kinds of trouble
despite one's best intentions
not to get entangled with it so much

and meanwhile the statues are bleeding green
and others are saying things
much better than we ever could
as the quiet becomes suddenly verbose

and the hail is heralding the size of nickles,
and the street corners are gnashing together
like gears inside the head
of some omnicient engineer
and downward flows the garnered wisdom
that has never died

when finally we opened the box
we couldn't find any rules
our heads were reeling with a glut of possibilities,
contingencies
but with ever increasing faith
we decided to go ahead and just ingnore them
despite tremendous pressure to capitulate and fade

so instead we went ahead
to fabricate a catalog
of unstable elements
and modicums
and particles with non-zero total strangeness
for brief moments which amount
to nothing more than tiny fragments of a finger snap

and meanwhile we're furiously sleeping green
and the map has started tearing along it's creases
due to overuse
when in reality, it's never needed folds

and the air's witholding the sound
of its wellspring,
and our heads are approacing a density
reminiscient of the connectivity
of the center of the sun
and therein lies the garnered wisdom
that has never died

expectation leads to disappointment
if we don't expect something big, huge, and exciting
usually, uh
i dont know, it's just not as, yeah

Y aquí, la página de la banda, The Books.

Gracias, @dhchongcuy.

miércoles 28 de octubre de 2009

Con esto del Halloween...


How To Find A Masculine Halloween Costume For Your Effeminate Son

miércoles 21 de octubre de 2009

III. Las guerras porno-normativas del siglo XX

Por favor, escribid en vuestras revistas cuánto quise que se legalizara el porno.
Nota de suicidio de Mary Millington


Sin duda, son múltiples los discursos con orígenes diversos que han circulado a través del siglo XX que tienen como objeto a la pornografía; sin embargo, creo que los jurídicos son, en una gran medida, un excelente indicativo del estatus social de la misma. Primordialmente porque en ellos se vislumbra lo que podría concebirse como la respuesta oficial de la sociedad ante un suceso. Partamos de la fantasía (o realidad) de que la norma jurídica representa el consenso de la mayoría: ahí en donde desembocan los estudios y las opiniones, las filias y las fobias de los ciudadanos para convertirse en un discurso unívoco y vinculante. El derecho como culminación de la cartografía pornográfica.

Para quienes estudiamos hoy en día al derecho, quizá puede resultar aún más fascinante la incursión en estos ámbitos porque, al retroceder en la historia legislativa y judicial de la pornografía, la unión entre lo jurídico y lo moral es patente: pocos, muy pocos son los problemas que he enfrentado en los que una referencia a lo ético o moral sea tan directo. Cierto, constituciones como la mexicana perfilan como límite de la libertad de expresión a la “moral pública”, pero me atrevería a afirmar que incluso cuando lo que está en juego es la moral, el lenguaje de los derechos predomina: piénsese en la evolución del debate sobre el aborto (en el que lo que está en pugna son, precisamente, dos derechos) o el relativo a la homosexualidad (en el que los argumentos contra-natura resultan casi inadmisibles o deben, como en el ámbito de la adopción, revestir formas tan específicas como la del interés superior del niño). Sin embargo, tratándose de lo porno, “lo contrario al pudor”, con “carácter obsceno” –en palabras de la obsoleta Ley de Imprenta de 1917– encuentra asidero en la sede estatal. Se penaliza, en palabras de un Tribunal Colegiado, todo aquello que no “pretende propiciar el goce estético, en el que predomina el elemento espiritual sobre el puramente sensible”, sino que busca “excitar el placer sólo en el plano meramente carnal o fisiológico”. Este extracto de una sentencia de 1976 es más que claro: el placer por el placer es ilícito.

Lo extraño de sentencias como ésta, e incluso de la paradigmática Miller v. California, es que no articulan por qué el placer –o lo obsceno– debe ser proscrito. Sólo se perfila, en el caso del Tribunal Colegiado, una razón que, en un Estado liberal, pareciera no tener cabida:

Es obvio que la conducta moral, tanto en el ámbito de las actividades referentes a la perpetuación de la especie y al placer sexual, como en cualquier otro campo, exige que las inclinaciones egoístas o utilitarias y los impulsos meramente carnales o fisiológicos no se desenvuelvan ni desplieguen sin directivas ni limitaciones, ni sean incondicionalmente aceptados o aprobados, menos aún elogiados y estimulados sin restricción alguna, ya que tales impulsos e inclinaciones deben ser dirigidos y encauzados, por medio del predominio de la razón sobre los apetitos y las pasiones

Las resonancias platónicas (¿o cristianas?) son innegables, aunque resultan –repito– bizarras en un discurso liberal: más allá de la importancia de que la razón prime sobre la pasión, de que el individuo sea capaz de controlar sus impulsos egoístas o utilitaristas, meramente carnales o fisiológicos, lo que parece faltar es el argumento liberal por excelencia: el referido al daño. De no aparecer, la diferencia entre esta norma y un estándar ético es nula: lo que se tiene es a un Estado perfeccionista.

Quizá estoy adelantando, de nuevo, mi propio discurso. Y esto porque, curiosamente, el conflicto jurídico que capturó a Estados Unidos desde los cincuenta hasta los setenta fue articulado en otros términos: lo que estaba en juego era el límite de la libertad de expresión y no la posibilidad misma de que el Estado impusiera algún parámetro moral a las prácticas sexuales de los individuos. Al menos, no directamente,[1] porque tampoco puede ignorarse que lo que se buscaba controlar era la propagación de ideas (y, ¿qué, sino el miedo a que esas ideas transmuten en materia, es lo que está detrás de una regulación así?). En esta guerra, que culminó con Miller (1973), lo que debía definirse era lo obsceno y no la inconstitucionalidad de regularlo. Es así que los jueces de la Suprema Corte de Justicia de aquél país se dedicaron a fijar un parámetro para saber cuándo había que intervenir y cuándo no (parámetros, por cierto, que el Tribunal Colegiado pareció recoger), teniendo como resultado el famoso Miller test. De acuerdo a éste, un material es obsceno (y, por tanto, prohibido), cuando:

una persona promedio, aplicando los estándares comunitarios contemporáneos, llega a la conclusión de que el trabajo, tomado como un todo, apela al interés lascivo;

el trabajo presenta o describe, de una forma patentemente ofensiva, una conducta sexual o una función excretoria específicamente definidas por la ley estatal aplicable;

el trabajo, tomado como un todo, carece de un valor literario, artístico, político o científico serio.

Aunque según la sentencia, la regulación se limitaba al hard-core porn, la cara que pinta de ella me parece en la misma línea en la que había apuntado: se proscribe al placer, por el placer mismo (escudándose en su naturaleza grotesca, o hard-core para hacerlo). Y quizá la razón fundamental de ello esté en el tercer requisito del estándar: la pornografía carece de algún valor social. Literaria, artística, política y científicamente (o sea, racionalmente) es irrelevante, por lo que su exclusión de la protección –qué fantástico puede ser el lenguaje a veces– del Estado es inevitable.

Con todo, la sentencia se insertó en un contexto histórico concreto. No se puede olvidar que su culminación ocurrió en medio de la liberación sexual. De hecho, no me sorprendería que ante la apertura que comenzó a conocer la sociedad norteamericana, Miller (y la larga línea de sentencias que le precedieron) fuera, precisamente, la reacción a la misma.[2] Curioso resulta que esa misma ola de libertad sexual fuera la que gestaría el siguiente conflicto que conoció la pornografía: su batalla en contra del feminismo radical.

Apenas doce años después de Miller, la ya consolidada industria –no hay que olvidar el advenimiento del VHS, que le permitió alcanzar ámbitos que los cines no abarcaban y recrear experiencias que las revistas no podían– se vio convocada una vez más a la sede judicial –en esta ocasión, ante una Corte de Apelación estadounidense– para defenderse en contra de ataques de un grupo de feministas (énfasis: un grupo de feministas)[3] que la acusaban de ser causa (y efecto) de la subordinación, cosificación y aniquilación de la mujer. Ejemplo de cómo el lente de una época determina la forma en que se mira lo lascivo… De repente, los órganos se especificaron (falos y vaginas), la clandestinidad se esfumó (humillación y tortura) y los animales desenfrenados se individualizaron (cazador y presa): (re)nació la pornografía, no ya una narrativa sobre el placer, sobre las relaciones sexuales, fuente de lo obsceno, sino la puesta en escena de las relaciones entre los sexos.


Desde su producción y hasta su consumo, la pornografía explota a la mujer. Al inicio, requiriendo su cuerpo, desnudándolo, poseyéndolo, descuartizándolo, pulverizándolo, empapándolo, penetrándolo. Para la representación se requiere de una presentación: la cámara exige realidad. No se trata de una idea, sino de un hecho: la mujer está siendo penetrada, violentada, atragantada, dominada, sometida, maltratada, humillada. La imagen, el video, es evidencia del delito, prueba fehaciente de una muerte. Y, también, la garantía de su perpetuación:

The message of these materials, and there is one, as there is to all conscious activity, is “get her”, pointing at all women, to the perpetrators’ benefit of ten billion dollars a year and counting. This message is addressed directly to the penis, delivered through an erection, and taken out on women in the real world. (Only Words, [4] p. 22).

El círculo de la producción no culmina con el consumo solitario de un hombre, sino que se extiende hasta alcanzar a su pareja: el masturbador se convierte en violador.[5] “As sex becomes speech, speech becomes sex…” Y si ese discurso es violento, su materialización lo será también...

Sin duda, la acusación no era menor y fue tal su impacto que obligó a los diversos sectores de la sociedad –religiosos, académicos y políticos– a movilizarse para defender sus respectivas posturas. Quizá la participación que resultó la más novedosa fue la de las ciencias: ante el daño alegado, había que comprobar (empíricamente) su existencia. Y es que menos no podía esperarse.

Desde el Estado –bajo Ronald Reagan– se creó una segunda Comisión de Pornografía, encargada de realizar una investigación profunda del porno y revisar, básicamente, la conclusión a la que había llegado la previa Comisión de Lyndon Johnson: que “no existían efectos anti-sociales o adversos como consecuencia de la exposición a materiales sexualmente explícitos”.

Así, el propósito del Meese Report de 1986 era, en sus palabras, “examinar si la pornografía es dañina”. El Capítulo 5 de la segunda parte del Reporte se dedicó en exclusiva a exponer la metodología del estudio y sus conclusiones. La maravilla de leerlo es que la complejidad del fenómeno en cuestión se manifiesta indubitablemente. En términos metodológicos: ¿cuáles serían las variables a estudiar? ¿Qué material pornográfico sería el elegido; cómo distinguiría entre géneros; cómo diferenciaría los grados? Tratándose de los sujetos: ¿se enfocaría en los hombres o en las mujeres; en los adultos, jóvenes o niños? ¿Bajo qué condiciones se realizaría el estudio? ¿Consistiría de entrevistas, lecturas, estadísticas? Y, al estar en juego la determinación de la violencia que genera la pornografía, ¿cómo establecería las causalidades? ¿Cómo dilucidaría qué le corresponde al sujeto concreto, a la pornografía o al sistema de género, reproducido en todas las instituciones de la sociedad?

Como podrán imaginarse, los resultados de las múltiples investigaciones resultaron ser contradictorios. Citando a Karen Boyle, que dedicó su artículo “The Pornography debates: beyond cause and effects” a proponer una nueva metodología para estudiar el fenómeno en el 2000:

Concerns about media “effects” –and about the effects of violent and pornographic media in particular– have led to a massive research industry which has attracted considerable quantities of both funding and publicity over some 60 years. Yet, as has been well documented elsewhere, the results of this vast body of empirical work are both inconclusive and hotly contested. As David Gauntlett notes in a recent article, there are two potential conclusions that can be drawn from any detailed analysis of this research. Firstly, if, despite the plethora of research, direct effects of the media upon behavior have not been identified, we may conclude that they are simply not there to be found. Secondly, it can be argued that media effects research has consistently taken the wrong approach to the mass media, its audience and society in general.[6]

Hay muchos que, al igual que la autora, continúan insistiendo en la posibilidad de establecer interrelaciones directas entre la pornografía y la violencia; mientras existen otros que han dado por terminado el debate, asumiendo que dicha causalidad, si existe, es indeterminable. Claro, lo que también ha ocurrido es que, conforme transcurre el tiempo y nuevos casos saltan a la escena pública –como sucedió en Inglaterra en el 2003 con la tragedia de Jane Longhurst–, la discusión se retoma en sus términos.

Ahora, para cerrar este brevísimo apartado de la participación de la ciencia en el debate, quisiera resaltar dos puntos: su relación con el derecho y sus límites. La belleza de los estudios sobre la sexualidad y el género –para utilizar la terminología dominante– es que no sólo visibilizan prácticas por lo demás invisibles (la desigualdad, la explotación, la censura, etc.), sino que develan el funcionamiento de las diversas disciplinas y herramientas sociales con las que contamos. En temas en los que existe un gran consenso social, la legitimidad de los estudios por lo general es incuestionada: los resultados se asumen, casi sin chistar. Sin embargo, cuando lo que está en juego es un elemento fundamental del orden, se somete a un escrutinio salvaje a todo aquello que pretenda sustentar o derrumbar una u otra postura. El derecho, forzado a la apertura, depende de las construcciones de otras áreas: necesita de sus frutos para crecer. Y no sólo eso sino que, muchas veces, los huecos de la ley son colmados, por completo, por la ciencia: lo cierto, lo verdadero, terminan equiparándose a lo correcto, lo legal, lo justo.[7] ¿Qué pasa, sin embargo, cuando la contingencia de los estándares científicos se develan? ¿Cuándo no existe uno, sino varios métodos que arrojan diversos resultados, contrapuestos e inconclusos? Andrew Murray, al recrear el debate inglés que se desató en el 2003, lo señala puntualmente:

With public opinion therefore split and with no clear justification under either the direct harm or indirect harm principle the Government was faced with making a decision whether to outlaw the possession of extreme pornography purely on public policy grounds… [It finally] set out the belief that “there is a small category of pornographic material so repugnant that, in common with child abuse images, its possession should not be tolerated.” Thus the public policy issue comes down to repugnancy and the protection of social values.

Aquí es cuando una se cuestiona porqué abandonamos la concepción de la política como un arte… Quizá la intuición –tan propiamente femenina (ja)– debería de ser revalorada, sobre todo cuando su opuesto –ay, los bonimios– a veces parece resultar insuficiente, o incluso un estorbo: habría que preguntarse por qué la obviedad de la acusación feminista quedó en el olvido. ¿Que la pornografía recrea el sistema de género? Todo parece indicar que sí; digo, extraño sería que no reflejara las preocupaciones, aspiraciones, fetiches, fobias y modas de su época… Que no recreara los valores predominantes de la misma. Ahora, la verdadera pregunta: ¿qué hacer con ello?

Si tuviera que responder porqué el movimiento anti-pornografía fracasó jurídicamente, sin duda, aludiría al camino por el que decidió transitar: el de la prohibición.[8] Pocas ideas son tan impopulares en la psique norteamericana como la de la censura; al buscar proscribir a la pornografía de la mirada pública (una vez más) sin contar con el respaldo científico del daño, el movimiento sepultó cualquier posibilidad de triunfo. Aquí va la breve historia de lo ocurrido:

Catherine MacKinnon y Andrea Dworkin, cabezas del movimiento anti-pornografía, buscaron impulsar en dos municipios norteamericanos –Minneapolis e Indianapolis– una ley que proscribía a la pornografía. La ordenanza fue vetada en el primero, pero aprobada en el segundo (1984), legalizándose, con ello, su concepción particular de la pornografía, entendiendo por tal:

la subordinación sexual gráfica y explícita de las mujeres, ya sea por medio de fotografías o palabras en las que:

Se presenta a las mujeres como objetos sexuales que disfrutan el dolor o la humillación;

Se presenta a las mujeres como objetos sexuales que experimentan placer sexual al ser violadas;

Se presenta a las mujeres como objetos sexuales atados o cortados o mutilados o lesionados o heridos físicamente, o desmembrados o truncados o fragmentados o divididos en partes corporales;

Se presenta a las mujeres siendo penetradas por objetos o animales;

Se presenta a las mujeres en escenarios de degradación, humillación o tortura, se muestran sucias o como inferiores, sangrando, o heridas, en un contexto en el que estas condiciones sean sexuales; o

Se presenta a las mujeres como objetos sexuales a ser dominados, conquistados, violados, explotados, poseídos o utilizados, a través de posturas o posiciones de servidumbre o sumisión o exposición.[9]

Como era de esperarse, la ordenanza fue impugnada ante la Corte de Apelaciones del lugar. ¿La paradoja? Que fue la libertad de expresión la que reivindicó la misoginia pornográfica. El argumento esbozado en American Booksellers Association v. Hudnut (1985), fue sencillo: si la ordenanza busca derrocar un tipo de discurso –el machista– no puede más que invalidarse ya que el Estado debe proteger cualquier manifestación, por más desagradable que le parezca, en aras de salvaguardar el ideal del “mercado de las ideas”. Bajo la lógica liberal, el peso del discurso feminista debe ser tan fuerte por sí mismo, que no requiere de la intervención estatal para triunfar. La apuesta por la facultad deliberativa del individuo no puede cuestionarse; y menos si a la discusión se añade la posibilidad de caer en la peligrosísima resbaladilla de la censura: fin de la expresión e inicio del silencio absoluto. La ironía estriba en que se terminó por sostener el estándar de Miller: la pornografía seguía siendo proscrita, pero por razones de “moral" y no de desigualdad (aunque, implícitamente, la postura de MacKinnon planteaba lo inverso: lo importante no era lo obsceno, sino lo discriminatorio).

Fue precisamente esta disparidad –o, ¿contradicción?– la que MacKinnon se dedicó a develar posteriormente en Only Words (que recomiendo ampliamente). En él, se avoca a demostrar la tensión entre la libertad de expresión y la igualdad a través de la comparación de dos fenómenos: la pornografía y el acoso sexual (recurre, en varias ocasiones, al racial). Ambos, nos dice MacKinnon, son sólo palabras… Pero en ambos, esas palabras son performativas: con su enunciación, impactan al mundo. Lo cortan, lo tergiversan, lo violentan, lo penetran, lo dañan. Y sin embargo, sólo hemos aceptado regular al acoso sexual (admitiendo, precisamente, ese carácter particular y la dinámica de discriminación que genera), mientras que a la pornografía la dejamos en plena libertad. Decirle perra a la compañera de trabajo, es un delito; grabarlo y difundirlo para el consumo privado, no lo es. Ponerse la lengua entre los dedos simulando sexo oral dirigiéndose a una mujer de la oficina, es acoso; recrearlo, patentarlo y lucrar a través de las imágenes no lo es. ¿Cuál, si existe, es la diferencia entre los dos?

La respuesta, nos dice MacKinnon, es que la pornografía trastoca uno de los ideales norteamericanos más sagrados, mientras que el acoso sexual (hasta entonces) no. Y no sólo se trata de una sensibilidad política, de un cariño democrático, de una nostalgia histórica por la libertad de expresión, sino de los fuertes intereses económicos detrás de ella: ya para 1991 la industria generaba billones de dólares anualmente.[10] Es precisamente el matrimonio entre estos dos poderosísimos intereses el que termina por cobijar, insiste MacKinnon, a la explotación de las mujeres:[11]

Protecting pornography means protecting sexual abuse as speech, at the same time that both pornography and its protection have deprived women of speech, especially speech against sexual abuse. There is a connection between the silence enforced on women, in which we are seen to love and choose our chains because they have been sexualized, and the noise of pornography that surrounds us, passing for discourse (ours, even) and parading under constitutional protection. The operative definition of censorship accordingly shifts from government silencing what powerless people say, to powerful people violating powerless people into silence and hiding behind state power to do it. (Only Words, p. 10).

Ahora, la belleza de reconocer las paradojas que resultan del choque entre lo deseado y lo obtenido es que pueden dejar ver otras opciones que quizá anteriormente permanecieron en la oscuridad. Si la batalla a favor de la prohibición ya estaba perdida, no sorprende, en este sentido, encontrar en el último capítulo de la obra (los esbozos de) una apuesta por democratizar el acceso a los medios, por la multiplicación de esos poderosos beneficiados por la regulación liberal. De alguna forma, la negativa a censurar empuja a buscar las vías positivas de generar cambios: existen, como diría un buen académico pos-regulatorio, herramientas más allá del Command & control que permiten modelar los comportamientos de las más diversas formas… Medios que, desde la libertad, orillan (¿no aman el auto-engaño?) a los individuos a responder de ciertas maneras y no de otras…

Una de las consecuencias de este debate es, a mi entender, la pos-pornografía… Es reacción y producto, a la vez, de las dos posturas aquí expuestas: es una reivindicación del placer democratizado (y, en este sentido, igualitario)… En la próxima entrega ahondaré más en lo post, tratando de articular de forma coherente una multiplicidad de discursos que han ido gestándose a lo largo de estas últimas dos décadas, de mostrar lo que considero representativo tanto de mi postura (dejaré de ser producto de esta época), como la de muchos otros ya… La posmodernidad carnal: próxima parada de Eros…

Los dejo con un adelanto....


Study: Children Exposed To Pornography May Expect Sex To Be Enjoyable


[1] Lo curioso del caso norteamericano, por ejemplo, es que en 1969 la Suprema Corte había establecido que el Estado no puede penalizar a los individuos por poseer pornografía. En palabras de la Corte: el individuo “tiene el derecho de satisfacer necesidades emocionales en la privacidad de su hogar” (Stanley v. Georgia). De ahí que la proscripción de la pornografía resulte aun más perpleja: el sexo está bien, pero su reproducción como idea, no. Ahora, claro está que la pornografía no es el único ámbito sexual regulado por el Estado. Éste ha llegado a infiltrarse al grado tal en el que ha penalizado posiciones sexuales (piénsese en la sodomía). Aunque debo admitir que hoy –quizá con excepción de la pornografía y la prostitución, y todo el abanico entre ambas–, su participación en la vida privada de los individuos resulta un tanto incuestionada: ¿qué es el matrimonio sino la regulación de las relaciones amorosas y sexuales posibles? En esta línea, la advertencia que realiza Judith Butler en “¿El parentesco siempre es de antemano heterosexual?” resulta incisiva: no podemos olvidar que buscar la inclusión en la definición del matrimonio –en este caso, de los homosexuales– implica sólo una reordenación de lo permitido y lo prohibido, de lo aceptado y de lo rechazo, mas no una abolición de la norma. Ésta existe, sólo se trastornan sus límites. En este sentido, la naturaleza de la norma es obvia: es un acotamiento, una fragmentación, un encasillamiento, una captura de un objeto y su consecuente petrificación en cuatro paredes. Con todo, nadie –más que los proponentes de la queer theory– parece reprocharle al Estado su incidencia en la conformación de la familia. Todo lo contrario: goza de una protección constitucional.

[2] De hecho, dato curioso: Modern Man se creó en 1952 y Playboy en 1953 y la primera sentencia de la Suprema Corte que lidió de esta forma con la pornografía fue de 1959. Claro, en muchos sentidos las revistas eran ya la culminación de un proceso de varias décadas: a la par del surgimiento de las fotografías eróticas fue el de la postales a mediados del siglo XIX; las primeras revistas que dedicaban algunas páginas a lo erótico en Francia aparecieron a finales del siglo XIX e inicios del XX; ya para los cuarenta, incluso, los pin-ups eran bastante populares. Sin embargo, creo que Modern Man y Playboy pueden leerse como los primeros intentos por insertar a la pornografía en el mainstream, en lo público, desde una posición de legitimidad y hacia un público masivo (muy importante si se considera que las primeras legislaciones tuvieron por objeto asegurarse que los materiales pornográficos disponibles para las clases bajas quedaran proscritos; hasta hace poco, la pornografía era, también, un placer de la élite). Aquí, un brevísimo recuento de la historia de las revistas pornográficas. Aquí, una compilación de las sentencias principales de la Suprema Corte norteamericana en materia de “obscenidad”.

[3] El grupo que llegó a ser conocido como el de las feministas anti-pornográficas no fue el único que se unió a la censura rearticulada. Los ochenta, en Estados Unidos, vio el surgimiento de la Moral Majority, un grupo político-religioso que tenía por objeto la implantación, desde el Estado, de una moral cohesiva. En este sentido, a las voces feministas se unieron las religiosas, algunas psicoanalíticas, y las de políticos conservadores. Dato curioso: el fundador de la Moral Majority, Jerry Falwell, es el mismo que fue objeto de burla de Larry Flynt, fundador de Hustler Magazine, una de las primeras revistas que buscó trasgredir los límites de lo porno, mostrando fotografías de los genitales femeninos absolutamente expuestos. El reverendo llegó a demandar al pornógrafo por difamación (entre otras cosas), desatando un debate que culminó en la Suprema Corte de Justicia norteamericana y a partir del cual se redefinieron los estándares de compensación por causar daño emocional a figuras públicas (parte fundamental de la doctrina de libertad de expresión). Esto en Hustler Magazine, Inc. v. Falwell. Otro dato curioso: Larry Flynt también llegó a burlarse de Andrea Dworkin, cabeza, junto con Catherine MacKinnon, del grupo feminista anti-pornografía. Esto también culminó en una decisión judicial: Dworkin v. L.F.P. Inc.

[4] Only Words, escrito en 1991, es la respuesta de Catherine MacKinnon a la protección constitucional de la pornografía. Es la culminación de los embates legislativos y judiciales que ocurrieron en los ochenta. En este sentido, se enfoca en desarticular el argumento que sostiene que, si la pornografía perpetúa las relaciones de poder entre los sexos, esto es, perpetúa una ideología, debe ser protegida. Recomiendo, ampliamente, la lectura del libro: es una pieza retórica que rara vez puede verse en las facultades académicas y es un fuerte argumento a favor de la igualdad del hombre y la mujer en los diversos ámbitos de la vida (de hecho, se enfoca en realizar la analogía entre la pornografía y el acoso sexual, tema que fue puesto en la escena pública por ella). Así, aunque la vía jurídica que escogió para solventar el problema quizá no haya sido la óptima en un Estado liberal (y su argumento no haya podido comprobarse, según los estudios realizados, empíricamente), su análisis del problema es uno que no puede perderse (tan atinado y feroz fue su estudio que se convirtió en la referencia del debate).

[5] Me parece pertinente citar todo el pasaje: “What pornography does, it does in the real world, not only in the mind. As an initial matter, it should be observed that it is the pornography industry, not the ideas in the materials, that forces, threatens, blackmails, pressures, tricks, and cajoles women into sex for pictures. In pornography, women are gang raped so they can be filmed. They are not gang raped by the idea of gang rape. It is for pornography, and not by the ideas in it, that women are hurt and penetrated, tied and gagged, undressed and genitally spread and sprayed with lacquer and water so sex pictures can be made. Only for pornography are women killed to make a sex movie, and it is not the idea of sex killing that kills them. It is unnecessary to do any of these things to express, as ideas, the ideas pornography expresses. It is essential to do them to make pornography. Similarly, on the consumption end, it is not the ideas in pornography that assault women: men do, men who are made, changed, and impelled by it. Pornography does not leap off the shelf and assault women. Women could, in theory, walk safely past whole warehouses full of it, quietly resting in its jackets. It is what it takes to make it and what happens through its use that are the problem.” (Only Words, p. 15.)

[6] Para un breve artículo sobre la historia del debate de los efectos de la pornografía en la violencia en contra de las mujeres, pueden leer “The pleasure is momentary… the expense damnable? The influence of pornography on rape and sexual assault” de Christopher J. Ferguson y Richard D. Hartley, disponible en la red (gratis).

[7] No podría realizar dicha afirmación sin hacer alusión a la falacia iusnaturalista: pretender derivar de lo que es, un deber ser. Sé que esta distinción ha ayudado, precisamente, a develar las correlaciones que se han realizado en material sexual: piénsese en la afirmación de que, dado que se necesita de un hombre y una mujer para reproducirse, debe ser así. Pero incluso en este debate, no se ha podido prescindir de los avances tecnológicos y científicos para seguir discutiendo lo debido. Hoy, gracias a la tecnología, para reproducirnos necesitamos de un óvulo y un esperma. Qué se deriva, normativamente de ello, seguimos sin saberlo. Lo interesante es cómo seguimos orientándonos por lo que se puede, por lo que es, para derivar lo debido (o querido)… Si quieren leer sobre la relación entre la teoría y la prescripción, les recomiendo Split decisions: How and Why to Take a Break From Feminism de Janet Halley. Aquí pueden leer el primer capítulo en el que aborda, precisamente, esa compulsión por elegir la teoría que deviene en prescripción…

[8] Las críticas a la postura de MacKinnon y compañía son múltiples y variadas. En este sentido, su fracaso en términos de la vía elegida es el menos interesante. Muchos atacaron su premisa –se le “engaña” a la mujer, se le “coerciona” para hacer pornografía y en el acto, necesariamente resulta violentada– y su conclusión –la pornografía produce violencia; en concreto, produce violadores–. En la próxima entrega pretendo analizar lo que yo considero es la réplica a MacKinnon (y a Miller, por cierto): la pos-pornografía. Como se verá, es un movimiento aún naciente y cuyas articulaciones provienen de los más distintos orígenes. En este sentido, no se ha manifestado un discurso unívoco que pueda identificarse como tal (claro, y si me voy a la naturaleza de la posmodernidad, resultaría difícil encontrar esa postura única), pero creo que, teniendo a MacKinnon como fondo, se podrán identificar las diversas respuestas que le han dado.

[9] Lo interesante de la ordenanza es que, aunque en su definición toral habla exclusivamente de la mujer, subsecuentemente señala que el hecho de que se utilicen hombres, niños o transexuales en lugar de aquélla no le resta el carácter de pornografía al material; esto, sin duda, es interesantísimo: se está en contra de la concepción del sexo –y la pornografía– como juego de poder. No importa ya el género de los sujetos involucrados, sino la existencia de un dominado y un dominador. Ahora, el otro punto que la ordenanza obliga a contemplar es el relativo al alcance de la misma: el típico debate de cuál es la pornografía que cae dentro de los supuestos y cuál no. En los vínculos que incluyo se muestran videos o fotografías que, en mi opinión, sin duda representan lo que MacKinnon y compañía tenían en mente al prohibir a la pornografía. Lo que ya no resulta tan claro es el resto del material, que parece ser el mayoritario. ¿Playboy, Hustler, Penthouse encajarían en los supuestos? ¿Los típicos videos de compañías como Brazzers, Sin City o Pipedreams Productions? ¿El grueso de los videos disponibles en RedTube, PornHub, PornTube, Xtube?

[10] Según el artículo “Naked Capitalists” de Frank Rich, escrito para The New York Times en el 2001: “The $4 billion that Americans spend on video pornography is larger than the annual revenue accrued by either the N.F.L., the N.B.A. or Major League Baseball. But that's literally not the half of it: the porn business is estimated to total between $10 billion and $14 billion annually in the United States when you toss in porn networks and pay-per-view movies on cable and satellite, Internet Web sites, in-room hotel movies, phone sex, sex toys and that archaic medium of my own occasionally misspent youth, magazines. Take even the low-end $10 billion estimate (from a 1998 study by Forrester Research in Cambridge, Mass.), and pornography is a bigger business than professional football, basketball and baseball put together. People pay more money for pornography in America in a year than they do on movie tickets, more than they do on all the performing arts combined. As one of the porn people I met in the industry's epicenter, the San Fernando Valley, put it, ''We realized that when there are 700 million porn rentals a year, it can't just be a million perverts renting 700 videos each.'”

[11] Un punto que creo es rescatable de MacKinnon es que pone el foco en la violencia y la discriminación; el debate ya es sólo numérico (¿cuántas mujeres (o personas), en efecto, lo sufren?). En este sentido, su postura permite poner atención a las condiciones laborales de los actores porno, de la misma manera en la que se ha buscado regular al trabajo sexual (mi ignorancia no me permite subsumir la primera al segundo). Si la industria deja de estigmatizarse socialmente y se le reconoce como un mercado legítimo (legal), ¿de qué manera podrían garantizarse los derechos básicos de sus integrantes? En esta línea, también debo hacer referencia al otro fenómeno que explotó en la escena ochentera y que sigue siendo materia de discusión hasta la fecha: la pornografía infantil (en México, según leo, un gravísimo problema). Sin duda, existe un lado oscuro en el mundo pornográfico y muchas de las preocupaciones hoy se enfocan en él (aunque insisto, las razones de la oscuridad son otras ya).

PhD Humor...

Imagino a mi madre así en un par de años... Para un poco de humor sobre los posgrados (para los que nos queremos ir pronto, para los que están y para los que ya regresaron), vayan a PhDComics.

martes 20 de octubre de 2009

If it tweets, tax it...


Si le preguntan a un diputado su opinión acerca de la era digital,
seguro les contesta que el dedazo ya no existe.
@elnaquito


No sé porqué pero yo ya me había derrotado (y sigo derrotada) ante el incremento del impuesto a las telecomunicaciones: mi Infinitum y iPhone resultarían un poco más caros, pero, ¿qué hacer? Es la clase de bien que, sin importar cuánto aumente su precio, siempre lo compraré: me es indispensable (primera vez que entiendo el concepto de demanda inelástica, gracias economistas)... El problema, aparentemente, es que para el gobierno se trata de un bien de lujo. Y lo triste es que, dada la realidad del país, parece que lo es...

Digo, si a eso nos vamos, la educación de primera también caería dentro de la misma categoría. Y, sin embargo, está exenta de impuestos porque detrás de la política fiscal, se esconde un fin extra: valga la redundancia, la importancia de incentivar la educación. Aunque sé que, por razones de eficiencia (hay que distinguir), se ha buscado cambiar este tipo de políticas, quisiera señalar el reconocimiento de la importancia de su objeto para enfatizar la ya obvia analogía: el acceso al Internet es tan fundamental hoy en día como el acceso a la educación (o a los libros, cuya enajenación también está exenta (o gravada a tasa 0%)).

En la madrugada de ayer me percaté que en Twitter ya estaba gestándose un movimiento de protesta. Con el hashtag #internetnecesario, diversos usuarios comenzaron a oponerse al gravamen del 3% propuesto por la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados (hoy ya aprobado) para el internet (vía Impuesto Especial Sobre Producción y Servicios). Ya incluso se creó una página cuyo título es: "Dile a los políticos porque el Internet es necesario (porque parece que no saben)" (en realidad, la página parece retomar lo ya dicho por los usuarios en twitter); e incluso ya los periódicos están señalando el movimiento (vean este post de @emeequis y sigan a @REFORMACOM, que ya está preguntando: "¿Cuál crees que es el futuro de los movimientos sociales en Twitter?" (que no deja de ser irónico)).

Con todo, la paradoja no deja de sorprenderme: existe un movimiento en Twitter que protesta en contra de aquellos que ni Twitter tienen. O que, si lo tienen, parecen no entenderle (o que lo abrieron sólo para estar "in" (hola @lopezobrador_ y compañía))... Y no sólo esto, sino que, al final, se trata de un enojo de solo unos cuantos, debido (vuelvo a mi punto original) a la realidad de este país.

Según la Asociación Mexicana de Internet y su último estudio sobre los hábitos de los usuarios de Internet en México, existen 22.7 millones de internautas en las zonas urbanas (mayores de seis años), 4.9 millones en las zonas rurales (qué tristeza), y 11.3 millones de computadoras con acceso a Internet. Con razón se dice que es un lujo. Y, por algo no me sorprende los corto-placistas que siguen rehusando virtualizar sus negocios o campañas... [Y, también, para matizar una ironía que continúa señalándose, por algo no me sorprende que Finlandia haya decretado que el acceso al Internet es un derecho de sus ciudadanos: se trata de un país con 5.5 millones de habitantes (sin restarle los meritos primermundistas a los nórdicos, claro está... ]

Sin embargo, ¿qué si hoy es un lujo? Regreso a la primer analogía: la educación en este país también lo es y nadie niega que debe impulsarse, por el medio que resulte ser el óptimo. Y quizá aquí también estriba mi límite a lo que parece ser una crítica. No dudo que lo eficiente sea -dadas las circunstancias- un gravamen a las telecomunicaciones. En esta línea, si algún día se llega a gravar la educación o los bienes de primera necesidad, tampoco me opondría. No se trata de criticar a la carga fiscal porque por el perjuicio que depara en el patrimonio propio; sino recalcar que, espero, las razones sean de eficiencia y no otras. Distinguir que una cosa es el caviar y otra es el Internet... Por más que, dadas las apariencias, hoy parezcan ser lo mismo...

Se trata meramente de un reconocimiento simbólico... Un gran "sabemos que no es lo óptimo, lo visionario, pero no tenemos otra opción". El mínimo esfuerzo del "no eres tú, soy yo" que todos sabemos aminora el trancazo del rompimiento de corazón...

Get the cool kids to love it...


Entre lo divertido y lo socialmente valioso (¿qué es más intangible que eso?) algo comienza a perfilarse... La pregunta es, entonces, de qué depende la elección de las causas... Si lo cool puede serlo todo, ¿cómo lograr que ciertos fines –y no otros– triunfen? Bueno, una vez resuelto eso, ya sabremos a quién acudir... [Por cierto, ¿alguien sabe quién desempeñaba el papel del mercadólogo en otras sociedades? Porque tan contingente no puede serlo... Es casi una figura mítica, sólo no sé a quién emula... ¿Alguna idea?]

lunes 19 de octubre de 2009

¿1 + 1 = 1?

Más, aquí (gracias @steviehousecat).

Cómo conquistar a una mujer... según una lesbiana.



[O, sobre el fracaso de la pomosexualidad]

Dos etiquetas en una sola frase: mujer y lesbiana. Vaya, si hasta dos especies parecen. Y, en principio, para que la fórmula funcione, se debe de tratar de una sola. Pero, de ser así, el ejercicio no sería tan divertido: la competencia implícita sería nula. Y competir puede resultar entretenido. Usemos mujer para denotar lo que los hombres quieren, y lesbiana, para lo que los hombres no son. ¿Envidia fálica? Oh, mi querido Sigmund (y Simone): envidia lésbica.

Mírenme nada más. Cayendo en los juegos de los sexos invertidos… Qué decimonónica de mi parte. Hasta pareciera que la revolución sexual y la posmodernidad me son desconocidas… Mal, muy mal. Definiéndonos en contraposición a ellos. ¡Qué cliché! Midiéndolo todo en función del falo… Y, ¿a la mujer? Si a la pobre ni oportunidad le di: objeto a conquistar, al fin. Y luego que porqué los queers nos critican. ¿Síntesis? ¿Evolución? ¡Ja! Perpetuación de la misoginia. ¿Un manual para conquistar a la mujer? ¡Repruébenme ya!

Andar jugando a Cosmpolitan… O, ¿GQ? Ay, de nuevo con las categorías (ese mercado… siempre tan eficiente en su especialización). Tsk, tsk. Aunque… pensándolo bien… GQ no estaría nada mal. ¿Qué mejor introspectiva a la mujer que una mujer que anda con mujeres? Sí, sí. Etiqueta, etiqueta, etiqueta. Pero, bueno, hay que reconocer el condicionamiento histórico… Que se puede cambiar, se puede cambiar… Pero hoy existe. ¿Qué le hacemos? Seamos democráticos y dialoguemos. Creamos en el “mercado de las ideas” y pongámoslas a jugar (perdón: luchar... luchar. Ya, ya, no vaya a resultar que ninguna sea la triunfante y se nos colapse el sistema)…

Veamos, ¿qué ofrecerle al hombre? Bueno, quizá valdría la pena empezar por la definición de hombre. Porque, digo, hoy ya no se sabe… Con eso de que se tiene a quienes nacen con cuerpo de hombre, evolucionan a lo femenino y retornan a trastocar su cuerpo para unir el sexo con el género y consumar después su amor con lo opuesto (que en realidad, solía ser su igual), siempre es necesario aclararlo… (Y, con eso de que Hombre ya incluye a mujeres (o, para algunas, debe ir acompañado por una Y y Mujeres (también con mayúscula)) también es fundamental diferenciar.)

De repente, la lucha por los Nombres se hizo manifiesta… Imagínense. Que GQ detente el monopolio del Hombre (¿o los Hombres?). ¿Qué les hace merecedores de ese poder? Porque si hombre es aquél que GQ dice que lo es, ¿qué son aquellos que no son lo que GQ dice que es? Esto me suena a exclusión… Claro, siempre existirán (parece) aquéllos que harán todo por ser eso que ahora se infiere que deben ser (¿qué maravilla, no?). Pero, ¿y los inconformes? Esto me huele a revolución…

Veamos: ¿cuáles serían sus opciones? Podrían reivindicar el uso del adjetivo (¿o sustantivo?) y lanzar una línea de productos explotándolo. Pero, ¿cuál sería la diferencia entonces? ¿El contenido del supuesto? ¿Se trataría de un caso de homónimos absolutos? ¿Habría que recurrir al contexto para distinguirlos? Algo me dice que recurrir a los hipónimos sería inevitable…

...

...

...

Vaya, y una que sólo quería decir la trastada de aprendan a cocinar y a postergar la eyaculación… [Como si no lo supieran ya...]

miércoles 14 de octubre de 2009

The fun theory





Me pregunto si existirá alguna forma de lograr que el pago de los impuestos sea divertido... Si tuvieran que decirle a TheFunTheory que nos ayude a resolver los problemas nacionales a través de la diversión, ¿qué ideas le pedirían que desarrollara? Hmmm...

martes 13 de octubre de 2009

II. La historia (de la historia) de la pornografía

La verdad de la teología es la pornografía. La pantomima de los espíritus.

Pierre Klossowski


Hasta hace poco, mi consumo pornográfico se había limitado a productos de creación reciente. La realidad es que lo más antiguo con lo que me había tropezado –con excepción, quizá, de la portada de Playboy en la que figuró Marilyn Monroe– era la pornografía ochentera (y fue más debido a un error de click que por alguna otra razón). Sin embargo, hace un par de semanas una amiga me regaló Forbidden Erotica, un libro que compila cientos de fotografías de la colección personal de Mark Rotenberg de vintage porn. Y por vintage entiéndase pornografía que data de 1870 a 1940.

El descubrimiento fue impactante, sobre todo por la similitud de las piezas con las actuales. Las partes corporales, las posiciones sexuales, los juguetes utilizados y los participantes son, en más de un sentido, casi idénticos a los de hoy; varía la moda (en la vestimenta y en las formas de los cuerpos)[1] y, no dudo, la institucionalización de la industria (piénsese en el tránsito de la prostitución[2] al nacimiento de los actores porno y el Star System, a la explosión de los amateurs cibernéticos), pero la configuración de lo obsceno, el contenido del tabú, permanece inalterado: el sexo y el placer explicitados. Develados. Exhibidos. Públicos. La narrativa del porno contemporánea consolidada hace más de cien años.

Idea que resultó difícil de contradecir después de analizar la secuencia de un video (¿de los treinta?) que muestra a una pareja incursionar al bosque en busca de aventuras y que termina por revolcarse sobre el mantel de un picnic (convirtiendo en un reto calificar a Golden Choice y sus películas de originales) o uno que parece pertenecer a los veinte y muestra la ya trillada fantasía del hombre que interrumpe un ménage à trois de puras mujeres (quienes acusen al género de ser indulgente con imposibilidades quizá necesitan retroceder un par de décadas para encontrar al culpable). En esta expedición arqueológica, Vintage Cuties, Vintage Classic Porn y Voilà Vintage Porn sólo parecieron confirmar los resultados.

Con todo, el hecho de que estaba descubriendo[3] (a mis veinticinco años de edad y no sé cuántos ya de ser consumidora) la historia de la pornografía fue lo que más llamó mi atención. Las implicaciones de su estatus prohibitivo se tornaron en aparentes: lo condenado al silencio lo es a la inexistencia. A que sus rastros desaparezcan. ¿De qué otra forma interpretar la casi absoluta indisponibilidad de referencias históricas? Los clásicos de la filosofía, política, arte, música, moda y ciencia son pilares de la educación que uno recibe no sólo en la escuela, sino también a partir del entramado mediático social. Piénsese en la cantidad de películas referidas a eventos de antaño (que recrean cada detalle: el vestuario, la arquitectura, el lenguaje, las relaciones sociales); los desfiles de moda cuya inspiración surgió del estudio de alguno de los siglos transcurridos; los museos dedicados a restaurar, conservar y exponer obras artísticas milenarias… La caza por los orígenes es constante y la Historia es nuestra arma predilecta para ello. En este sentido, ¿qué puede decirse de un objeto que incluso la Historia se rehusa a documentar? [Y, paréntesis: ¿qué puede decirse de la Historia cuando ésta se niega a cazar?][4] Claro, no podía ignorar que el libro de Taschen era ya indicativo de un cambio [otro paréntesis: la conversión es fantástica: las fotografías sueltas son pornografía, éstas compiladas con el sello de una editorial con el renombre de Taschen son dignas de ser estudiadas] y fue precisamente esto lo que me llevó a a Michel Foucault y a Jeffrey Weeks, autores que dedicaron parte de sus vidas académicas al estudio de la historia (de la historia) de la sexualidad.


Con ellos, los dos niveles de la reflexión se dilucidaron: por un lado, el relativo al cambio que ocurrió en la ciencia, a partir del cual la sexualidad se convirtió en objeto de estudio, y por otro (y quizá como producto de dichos análisis históricos), el descubrimiento referido a las mutaciones de las formas de regular la sexualidad a lo largo del tiempo (y, por tanto, sus expresiones específicas). Esto es, una cosa es quién y desde dónde se estudia a la sexualidad; y otra es cómo y cuándo ésta se manifiesta. Claro, si sigo al pensamiento foucaultiano, no dudo en afirmar que las transformaciones de la ciencia –en tanto forma de cultura– terminan por impactar a la sexualidad –otra forma de cultura–, o que exista, incluso, una relación inversa (o, es más, una interrelación). Si algo queda claro al leer su primer volumen de La historia de la sexualidad es que los discursos científicos –como lo fue el psicoanalítico en el siglo XIX– forman parte de la regulación de las formas sexuales (como hoy lo son los derechos sexuales y reproductivos).

Con todo, el interés cognoscitivo por la sexualidad tratando, al menos temporalmente, de prescindir de calificaciones sobre su legitimidad (o legalidad), y gozando de un mínimo de respetabilidad en las facultades académicas es una novedad del siglo XX (en este sentido, Foucault es parte de esa tendencia). Gracias a la confluencia de la antropología, sociología, psicología e historia (primordialmente), se comenzó a gestar un nuevo enfoque (énfasis, un nuevo enfoque) de la sexualidad que culminó con la ya conocida afirmación posmoderna de que ésta es –oh, sorpresa– una construcción social. Y en tanto tal, va cambiando a la par del resto de los sistemas que rigen la vida en sociedad: el económico, político, religioso, tecnológico, médico, científico, artístico y familiar. Es un orden trastocado por los otros, que lo cortan, despedazan, reintegran, maquillan, esconden o aplauden.

Rastrear las maneras en las que se (de/re)construyen los discursos sobre la sexualidad y preguntar cuál es la lógica del poder que se esconde detrás de ellos se convirtió en el modus operandi. En palabras de Foucault:

… El punto esencial (al menos en primera instancia) no es saber si al sexo se le dice sí o no, si se formulan prohibiciones o autorizaciones, si se afirma su importancia o si se niegan sus efectos, si se castigan o no las palabras que lo designan; el punto esencial es tomar en consideración el hecho de que se hable de él, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las instituciones que a tal cosa incitan y que almacenan y difunden lo que se dice, en una palabra, el “hecho discursivo” global, la “puesta en discurso” del sexo. (Historia de la sexualidad, Volumen I, p. 19)

Aunque Foucault representa una forma de estudiar a la sexualidad, creo que la manera en la que articula el proceder científico es una que puede llegar a servir de telón de fondo cuando se incursiona en el terreno pornográfico (o, claro está, cualquier otro de tinte sexual). Es a partir de esta explicación que pueden entenderse los dos cambios a los que venía refiriéndome: aquéllos que refieren a quiénes y cómo tratan a la pornografía, y aquéllos que versan sobre las mutaciones en la pornografía. Sin duda, especificar los giros que ocurren cuando se analiza un subsistema de la sexualidad –que a su vez es parte del entramado social– es difícil: explorar las causas que subyacen a la metamorfosis y desenmarañar qué le corresponde a la tecnología, al mercado, al derecho, a la política, a la religión o a la demografía (por nombrar sólo algunos factores que inciden en la conformación del discurso del placer) en realidad resulta más un arte que una ciencia. Sin embargo –y quizá, por lo mismo–, es un ejercicio que enriquece de manera exponencial la mirada –tanto lasciva como científica– de quien se entromete en la ceremonia del porno.

Que sirva lo anterior, pues, como base del recorrido. Sobre todo para enfatizar un punto que ya se adelantaba en la primera entrega de este ejercicio: la complejidad de analizar objetivamente la pornografía (suponiendo, claro está, que es posible). Paradoja recalcarlo después de exponer la tendencia científica a estudiarla, pero es que incluso adentrándose en ésta, el pánico que puede provocar lo porno es manifiesto (y refiero al pánico y no a la imposibilidad de ser neutral al sentirse excitado, porque luchar en contra de la culpa siempre será un obsctáculo mayor a la pérdida de tiempo –o ganancia– que implicaría una liberación).

En Forbidden Erotica se incluye una entrevista al coleccionista y en ella, narra su tropiezo con las primeras fotografías antiguas: escarbando en la basura de un departamento perteneciente a un recién difunto, descubrió más de mil quinientas imágenes eróticas, algunas que databan de 1870 o incluso antes. De ahí, comenzó a investigar, acudiendo a revistas pornográficas –las revistas Screw y Cheri– sólo para darse cuenta de que incluso éstas ignoraban a sus antepasados:

I would go in and visit the editors or art directors at these publications, and they would ohh and ahh and exclaim that they had never seen images that old of that type. They were only dealing with new material. They loved the idea of using the old images. I began to learn more and more about them as a result of speaking with these people. I learned, for example, that the material was really very rare. I learned that much of it was distributed in sort of underground ways, not sold in public venues, certainly not available in postcard shops, unless one knew the right word to say.

Continúa su narración, aludiendo a diversos rendezvous que tuvo con personas para intercambiar el material y la naturaleza clandestina de los encuentros. Ante la pregunta del sentido de peligro que subyace a la experiencia, respondió:

Well, it’s erotica; it’s not as if you’re meeting to discuss the sale of a collectible doll. It’s material that not everyone is thrilled to have or is thrilled to see or is thrilled to sell. There’s a bit of a scandalous –and let’s say somewhat illegal– feeling, even though the material isn’t strictly speaking illegal, when it’s in the possession of adults.

Relato similar ofrece el productor de Pornography: The Secret History of Civilisation, una serie documental sobre la historia de la pornografía, en una entrevista interesantísima sobre la odisea que resultó la producción:

When I tell people that I have been working on six one-hour documentaries recounting, for the first time, the history of pornography, they take this in a number of different ways. One or two are genuinely interested, but few can resist expressing varying degrees of distaste, from outright disapproval to a liberal yawn. Almost everyone is too polite not to feign interest and for this they pay dearly as they are pinned against the wall and harangued about the finer points of pornographic history until they make a determined attempt to escape.

Y es que cuando uno se percata tanto del significado de pornografía (la grafía de la prostitución) como de lo obsceno (lo que permanece fuera de la escena, en palabras de Linda Williams: “something rigidly kept off (ob) the scene of public representation”), la duda de que se está ante una especie de pecado original se difumina. Y es que en el fondo la pornografía forma parte del sistema que llegó a vincular directa y exclusivamente al sexo con la reproducción y que, dada esta relación, proscribió cualquier manifestación sexual encaminada al placer y no a la perpetuación de la especie. ¿Qué es la pornografía si no la puesta en escena del placer por el placer mismo? En esta línea, el rechazo que provoca es uno que emana de los confines más profundos –inconscientes– de la psique colectiva porque trastoca, precisamente, lo sagrado: la sexualidad puesta al servicio de Dios.[5]

Ahora, Barba y Montes marcan el inicio del “fenómeno” pornográfico a finales del siglo XVIII, fecha que adquiere sentido una vez que se reconoce su contexto: uno de cambios políticos y científicos extraordinarios. La Ilustración, la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos, por marcar sólo tres acontecimientos, implicaron la instauración (de una vez por todas) de la razón y la libertad como bases de la sociedad.[6] En este nuevo orden, el papel de la Iglesia comenzó a cambiar, convirtiéndose en el objeto de crítica de las diversas corrientes dominantes. Desde esta perspectiva, podría entenderse el nacimiento de la pornografía como un elemento rebelde que se unió a la fila de los críticos:

The category “pornography” is relatively recent and postdates modern European obscenity by at least two hundred years. The first obscene book, The Raggionamenti, was composed by Renaissance Humanist, Pietro Aretino (1492–1556) between 1534 and 1536. The Raggionamenti is both a bawdy dialogue between two whores and a biting satire of Renaissance church and state. For the next three hundred years, obscene texts usually included anti-clericalism, religious skepticism, and political satire. During the eighteenth century, pornography played a particularly important role in intellectual life: dirty books were among the century's best-sellers and obscene pamphlets spread the spirit of criticism from the intelligentsia to a small, literate public. Late in the century, Donatien-Alphonse-François, Marquis de Sade (1740–1814) perfected the themes of eighteenth-century pornography in a series of violent and explicit novels that advocated a thorough rejection of all norms, be they political, moral, or religious. (Pornography, Encyclopedia.com) [7]

Al final, somos herederos de una tradición particular: la cristiana-occidental. Y la pornografía, en parte, se entiende como contraposición a ella. Ahora, quizá la paradoja estriba en que, al concebirse como binomios que se complementan, lo porno no puede articularse más que como tabú, como pecado. Sin duda, Barba y Montes parecen sugerir precisamente eso al contrariar los argumentos que lo postulan como subversivo; para ellos: “el porno reafirma el orden social en que se asienta”. Dejaré su condena conceptual (y etimológica, por cierto) para después…

Creo que al conflicto religioso debe sumársele otro que, históricamente, le procedió. Weeks nombra como nuestro antepasado sexual directo al modelo heteronormativo y de categorización de las conductas sexuales de los siglos XVIII y XIX y Foucault afirma que es precisamente de la “edad de la represión, propia de las sociedades llamadas burguesas” de la “quizá todavía no estaríamos completamente liberados” (esto lo escribió en 1977). En esta época, la conducta sexual vino a ser regulada desde una nueva disciplina: la psiquiatría y el psicoanálisis. Aunque los efectos de este giro son amplios y variados, creo que tiene uno que comparte con su antecesor: la determinación de lo normal (natural) y lo anormal (anti-natural).[8] Desde entonces, la pornografía ha tenido que derrotar una doble presunción: la de pecado o la de perversión.[9]

Aunque en el siglo XX ha librado diversas batallas en otros ámbitos –y en contra de otros enemigos–, creo que el pánico que la experiencia pornográfica sigue engendrando es más antiguo. Lo que subyace a la mayoría de las oposiciones es, precisamente, el repudio a lo pecaminoso y perverso. Quizá la única objeción genuina, desde entonces, ha sido la de su violencia (y que analizaré más a fondo en la siguiente entrega)…

Con todo, valga la mirada al pasado para descifrar al presente; más aún cuando creo se están gestando importantes cambios en el discurso sobre la pornografía, no sólo por la revolución que están provocando los nuevos medios de producción (pienso en la disponibilidad masiva de las cámaras de fotografía y video) y de distribución (el Internet posibilita que todos expongan y todos espíen) en la experiencia personal y social de la pornografía, sino también por la incidencia que ha tenido el discurso democrático, por un lado, y hedonista, por otro, en esta ceremonia carnal.

En las subsecuentes entregas, pretendo caminar por los senderos discursivos del siglo XX que han predominado en los espacios jurídicos y políticos (primordialmente), para intentar explicar ese último giro que vislumbro en el mundo del porno. Veamos si es cierto que lo ob-scene se ha convertido en lo on-scene y que está gestándose una verdadera reivindicación del placer…*


[1] A varios de mis amigos les tocó ser emboscados por el libro (genuinamente quería compartir mi felicidad). Lo que más me impresionó fue su rechazo a la estética de la época: todos (quizá valga matizar los números: seis personas) estaban más pendientes del grosor de los cuerpos (cómo no, si vivimos en la era de la delgadez extrema) o lo tupido del pubis (cómo no, si vivimos en la era del Brazilian wax), que del acto que se estaba mostrando. Increíble: nuestra capacidad de excitarnos está directamente relacionada con los estándares de belleza (qué estúpida puede ser la obviedad a veces).

[2] Dato curioso: la palabra pornografía tiene un origen griego (oh sí, qué sorpresa), en concreto, de la palabra pornographia: la unión entre πόρνη (pornē, “prostituta” y pornea,“prostitución”) y γράφω (graphō, “ilustración”). No decido aún si su etimología la condenará siempre a la periferia de lo permitido (al menos de que el significado de prostituta cambie), o si puede desprenderse de su origen y transmutar (como creo lo está haciendo) a algo más.

[3] Encontré este post curioso de Dave Hill en el Huffington Post: The History of Pornography. Narra su experiencia de descubrir la historia de la pornografía. Valga para explicitar un punto: las líneas que le dedica a los expertos que aparecieron en el documental que vio. ¿Cómo es posible que personas que parecen ser del tipo que se quedan en casa para discutir Shakespeare estén platicando sobre pornografía? Éste es el giro científico que ha ocurrido en el siglo XX: la sexualidad (en todas sus manifestaciones) es ya objeto de estudio (tan serio que sus académicos son barbudos).

[4] Apenas en agosto de 2009 salió un artículo en Times Online que narra la experiencia de su reportero de descubrir el “Porn Cupboard” del Museo Británico. Ahí, guardan una cantidad impresionante de piezas “pornográficas” que no se consideran aptas para el público; sin embargo, dado que el museo está obligado a preservar las piezas culturales –aunque éstas resulten ofensivas– ha resultado ser uno de los más impresionantes acervos de la pornografía. Punto interesante: conformen cambian los tiempos y los estándares se modifican, van liberando obras. Así, La cama de Rembrandt, antes confinada al cuarto 205, ahora es parte de la colección abierta al público.

[5] Si atiendo a la lectura que Octavio Paz realiza de la transformación histórica del concepto del erotismo y amor (en La llama doble), la pugna entre el cuerpo y el alma –lo irracional y lo racional, lo profano y lo sagrado– es incluso más antigua. Bien explica que la dicotomía puede identificarse claramente ya con Platón.

[6] De hecho, Barba y Montes se centran más en el discurso mecanicista que en el laicista para explicar el nacimiento de la pornografía. Me parece importante citarlos: “En realidad la pornografía tal y como hoy la conocemos nace con Boyle, con Newton, con Galileo, con Descartes. En la antología de textos recogidos por Lynn Hunt bajo el título The Invention of Pornography, se hace ver que ‘entre el siglo XVII y XVIII ocurrió una enorme transformación filosófica en Europa; la naturaleza se mecanizó, los cuerpos se atomizaron, se despojaron de sus apariencias y cualidades, se hicieron cognoscibles sólo en virtud de su tamaño, forma, movimiento y peso. El sentido de sus movimientos se desplazó al estudio de la interacción entre unos cuerpos y otros’. No es de extrañar que entre 1650 y 1690 la misma generación europea que trata de mecanizar y atomizar la naturaleza invente el discurso materialista y, con él, posibilite la pornografía. La nueva concepción del mundo precisaba de una nueva forma. La misma narrativa erótica asumió rápidamente el nuevo materialismo mecanicista; hombres y mujeres se unían como individuos sin dimensión social, ya no eran miembros de corporaciones como Familia, Corte o Iglesia, se unían como compradores y vendedores. El discurso pornográfico proveía el vínculo perdido entre lo social y lo metafísico en pleno estado de transformación, y era la ley del placer la única a la que los cuerpos reaccionaban mecánicamente (o incluso mecanizadamente).” La ceremonia del porno, pp. 133-134.

[7] Aquí, el vínculo a “The history of pornography” del Meese Report (1986), reporte que significó la culminación de la investigación que realizó la Comisión de Pornografía integrada bajo el mandato de Ronald Reagan. En este “capítulo” podrán leer sobre las primeras regulaciones de la obscenidad (entre los siglos XVII y XX) en Inglaterra y en Estados Unidos

[8] Aquí es cuando digo: Dios no murió, sólo fue destronado. El reino es el mismo, sólo sufrió una redecoración.

[9] Al referirse al funcionamiento del poder que la sociedad burguesa ha hecho funcionar sobre el cuerpo y el sexo, Foucault escribió: “No fija fronteras a la sexualidad; prolonga sus diversas formas, persiguiéndolas según líneas de penetración indefinida. No la excluye, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos; no intenta esquivarla; atrae sus variedades mediante espirales donde placer y poder se refuerzan; no establece barreras; dispone lugares de máxima saturación. Produce y fija a la disparidad sexual. La sociedad moderna es perversa, no a despecho de su puritanismo o como contrapartida de su hipocresía; es perversa directa y realmente. (Historia de la sexualidad, Volumen I: La voluntad de saber, pp. 61-62).

* Como última sugerencia de este apartado, los invito a ver la entrevista que realizó Alain Badiou a Michel Foucault en 1965 intitulada Filosofía y Psicología, disponible en YouTube (parte 1, parte 2 y parte 3). Me parece que en ella Foucault plasma, de manera muy elocuente y estructurada, su concepción de la historia, relacionándola con la filosofía y la psicología, en este caso. Las diversas precisiones que realiza (esa casi compulsión que parece tener por concretar las preguntas a responder, distinguiendo entre niveles cognoscitivos), así como su forma de concebir a la filosofía y la psicología (formas de la cultura) y la manera en las que éstas transmutan (o no) con el paso de los años, están presentes, también, en su Historia de la sexualidad (Volumen I), por lo que puede resultar bastante ad hoc dado el ejercicio que aquí se ha desplegado.


lunes 12 de octubre de 2009

I. La genealogía de mi deseo

Al escribir sobre pornografía, uno ya sabe a quién le habla: a gente como uno mismo.

Javier Montes y Andrés Barba


Hace un par de años comenzó mi intriga intelectual por el mundo del placer. En realidad, todo inició por un número de la revista universitaria de la cual formaba parte: se propuso que el tema del Erotismo fuera el eje sobre el cual girara la edición inaugural de otoño. Admito –una vez más– que el tabú fue lo primero que me capturó: transgredir la norma por el mero hecho de hacerlo, fue el atractivo principal (incurrir en ámbitos “moralmente sospechosos” bien puede resultar delicioso). Sin embargo, en aquella ocasión terminé percatándome de mi ignorancia absoluta respecto del tema. Esto se hizo evidente con mi silencio ante la pregunta de ¿qué es el erotismo? Cabe decir que dicha interrogante se convirtió en la guía de mi primer aproximación al asunto, mismo que culminó con un (re)descubrimiento de lo divino.

Aunque el resultado quizá hoy lo califique de cursi –resbalar del erotismo al amor es fácil no sólo emocionalmente, sino intelectualmente también–, la verdad es que la contemplación de los rituales del cuerpo transformó los propios. Mi búsqueda conceptual provocó una metamorfosis personal: unión de alma y cuerpo (la alusión platónica, en este contexto, es más que intencional). En cierto sentido, esta experiencia se convirtió en un hito, primordialmente porque tornó en visible los procesos de construcción de mi sexualidad. Octavio Paz, Andrés de Luna y George Bataille se unieron a Sharon Stone, el Real Sex de HBO, Cosmopolitan y sus consejos prácticos, los primeros VHS pornográficos que obtuve por cortesía de un amigo de la secundaria y, pues, agréguese cualquier otra anécdota que se puedan imaginar. De repente, comencé a rastrear los orígenes de mis miradas, fetiches, posturas preferidas, hook-up lines, caricias y besos (más allá, claro está, de la elección del objeto amoroso, terreno perteneciente más bien al diván)… La pregunta que surgió entonces –y que, sin embargo, no figuró en el ensayo– fue, precisamente, la de la genealogía del deseo: ¿por qué me gusta lo que me gusta?

Mi incursión en los temas de género multiplicó el alcance de la cuestión: ¿por qué nos gusta lo que nos gusta? Mi introducción a los sistemas que (pre)determinan las formas en las que pensamos, hablamos, vestimos, cogemos, hacemos el amor, negociamos, viajamos, leemos… fue cortesía de Pierre Bourdieu. El tema de las otredades sirvió como fundamento para comenzar a descubrir ya no sólo los andamiajes que estructuran los cuerpos y sus formas, sino también los que conforman a la sociedad (más allá de los temas particulares de las minorías o clases oprimidas). La propagación de las ideologías, la metamorfosis de la materia, la producción de las normas y la tríada resultante –de los modelos políticos, económicos, familiares, educativos, etcétera– se convirtió en mi obsesión. Descubrir al arenero y sus juguetes, en una compulsión (supongo evidente).

Con todo, la llama del placer siguió (y sigue, claramente) encandilándome. Particularmente cuando me tropecé con La ceremonia del porno[1] y me percaté –una vez más– de la posibilidad de teorizar sobre uno de los temas que aún (¡qué adverbio tan esperanzador!) suscitan polémica: la pornografía. Como tabú que refuerza la norma, causa y efecto de la violencia en contra de las mujeres o ejercicio de un (naciente) derecho al placer, ese objeto que, quizá no podemos definir, pero que todos sabemos qué es cuando lo vemos, resultó más que interesante: si “buscamos la verdad de nuestra naturaleza en nuestros deseos sexuales”,[2] y la pornografía es parte de ese imaginario sexual, ahondar en ella es, también, ahondar en el ser.

Sin duda, este ejercicio no es (ni podría ser) exhaustivo. Consiste, más bien, en una exposición de los recientes hallazgos de la incursión. Aprovechando la maravilla del hiperenlace y la interactividad que presupone (ésto, he reflexionado, es una ventaja del texto virtual sobre el impreso), intentaré perfilar una ventana al mundo de la pornografía. Aunque la tendencia de los blogs es precisamente esa –convertirse en un vínculo más de la red informática–, los links jamás me habían parecido tan fundamentales. Digo, ¿en qué otro tema podría resultar tan útil disponer de cierto tipo de información? Más aún en términos ilustrativos.

En esta línea, quizá realizo una advertencia: la experiencia no sólo no pretende, sino que no puede ser meramente intelectual. Recuerdo las palabras de Barba y Montes: “Quien esto escribe se excita (a veces) viendo (algún) porno. Y (algunas veces de entre esas veces) ese porno le hace pensar y le deja con ganas de ahondar en el asunto, de saber algo mejor qué hay en él que puede llegar a conmoverle tanto: qué puede descubrir de sí mismo a través del porno… Y ésa es precisamente [una] de las dificultades de hablar sobre porno –o de consumirlo–: la de reconocerse sujeto susceptible a lo porno; más aún, sujeto que busca activamente lo porno; y todavía más, sujeto que se reconoce a sí mismo mientras ve el porno”. La neutralidad científica à la Linda Williams (y la mía) se revela más como un ideal de la ciencia, que una realidad: y es que ver pornografía –la de uno y no la de los otros– estremece. Transitar los derroteros pornográficos de Eros implica oscilar entre la mente y el cuerpo… Y asumir la posibilidad de que ello ocurra es el presupuesto del viaje…

Los invito, pues, a que me acompañen…



[1] Aquí y aquí, dos entrevistas a los autores de la Ceremonia del porno, Javier Montes y Andrés Barba.

[2] Jeffrey Weeks, “La invención de la sexualidad”, Sexualidad, Paidós-PUEG-UNAM, México, 1997, p. 37.

viernes 9 de octubre de 2009

Marge Simpson y Playboy



La revista "pornográfica" de Hugh Hefner ha elegido como portada de su próximo número a Marge Simpson, la "matriarca" de la "primer familia" de Springefield (aquí la noticia en AP). Así, se convierte en la primer caricatura de ocupar el trono que en anteriores ocasiones agraciaron Marilyn Monroe y Farrah Fawcett, entre muchas otras. Personalmente, a mi me gustaría ver a este bombón en Playboy:


Para quienes no vieron Who Framed Roger Rabbit? (¿cómo se la pudieron haber perdido?), ahí les va el clip en el que Jessica Rabbit -esposa del conejo- sale a la escena. Increíble cómo una caricatura puede ser tan, pero tan sexy... O, ¿estaré loca?



Twits

"Twits" es una serie de videos que sacó el Washington Post parodiando a los tweets de ciertas celebridades... Son cinco en total, e incluyen, básicamente, una "actuación dramática" de los mensajes de 140 caracteres de personajes como P. Diddy, Lindsay Lohan, Brooke Logan, Katy Perry, Kim Kardashian, Barbara Walters y Courtney Love. Aquí la página del periódico y aquí la de YouTube... This is when one is thankful not to be a public figure: la idiotez propia no queda tan expuesta. En fin, los dejo con uno, a ver si se ponen a pensar, como yo, en cómo suena el mensaje que estamos enviando al ciberespacio...


Hablando de Twitter, vean To Tweet or Not to Tweet. En este breve artículo, Ana Vásquez Colmenares (@anavasquezc) ofrece trece razones para entrar a la red social. Ella es académica del ITAM (sí, sí: hasta los académicos le están entrando) y "especialista" (a veces no entiendo bien a bien qué significa eso en México) en comunicación política (go figure). Para todos aquellos que no saben bien a bien cuál es el servicio de esta red (a mi me gustaría que saquen un artículo comparando facebook v. twitter), quizá resulta orientador. Yo lo tomo como señal de que en este país, cada vez habemos más...

Y, gracias a este post de Tomo, he llegado a Information is Beautiful, una página dedicada a comprobar cómo el diseño gráfico de la información es, pues, bello. Y vaya que lo es. Su responsable, David McCandless, pretende descifrar "how designed information can help us understand the world, cut through BS and reveal hidden connections, patterns and stories underneath." Pregunta: ¿qué no ese el propósito del lenguaje? Claro, que sea a veces insuficiente, pues, ¿qué hacer? A rose is a rose is a rose is a rose (or A Rose By Any Other Name)... *Inserte el gráfico de una flor aquí. Dios, la relación entre el nuómeno y el fenómeno acaba de volver a mi mente. Sí, sí: somos pos-modernos, llevamos la lógica de la modernidad al extremo. Y no hay que olvidar que con ella, vino Descartes y su pequeña pregunta: What can we know? (O, ¿de qué no puedo dudar?) Según McCandless, la información diseñada bajaría exponencialmente la duda y, si eso falla, at least it's pretty. O, ¿no?